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Terra
La Coctelera

Miedo e Ilusión (Primeros fragmentos)

Sólo en las noches el hombre se enrosca sobre sí mismo y siente miedo. No es coincidencia, ni mucho menos sorprendente, que su alma tiemble al escuchar las doce campanadas que señalan la adultez de la luna. Tiembla, y naturalmente siente miedo, porque así, enroscado, sólo atina a ver en el horizonte su cara. Mas he aquí lo que nos diferencia a unos hombres de otros: he aquí la muralla que yergue entre el hombre vulgar y el hombre solitario. Mientras los primeros desempolvan el cadáver de la Providencia, acaso para esconderse en sus entrañas, acaso para no perder la placidez de su sueño, el hombre solitario se entrega desnudo a su naturaleza: en silentes loas permitirá que la fusión con el dolor le abrase cada célula de su ser, y ya, cuando no quede más para su inmolación en el sufrimiento, revertirá su sangre purificada en la más enigmática manifestación de su probidad: la Ilusión.

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Convertido en una indómita hojarasca, el hombre solitario traspone a este embrujo nocturno su Ilusión, producto de su mirada reflexiva a partir de su desnudez y de sus desérticos pasos. ¿Qué, sino ella, salvará su humanidad?
Aferrado a ella ve cómo la noche y su silencio le rodean, hasta aprisionarlo en su desespero. ¡Ah, cómo le gustaría saciar su olvido con las aguas del Leteo! Impotente, recurre a su anaquel de ilusiones anquilosadas con los años: el arte, dios, el hombre… todo cuanto ha creado es llana Ilusión, incluso la muerte. Y no es para menos: mientras está vivo sueña con la muerte, y cuando sucumbe en sus redes, no hay lugar a describir la nada. Y así como la muerte es ilusoria, la vida no lo es en menor escala – porque ella, en cuanto su universo, es el génesis de esas imágenes -, quedando subrogada a la penumbra del dolor, de la noche misma. Entonces el hombre solitario la mira y no puede ocultar su tristeza. ¡Cómo quisiera una vida de anodinia! Pero él es ilusión y realidad – su convergencia - : es hombre.

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La Ilusión contrapuesta al némesis ab ovo es la coraza y la cuadriga con la que cuenta el hombre solitario. Raudo y lozano cortesano, procaz guerrero, lanza en ristre, dirige sus huestes a una intempestiva lid. ¡Cuánta fuerza no contiene un corazón trasfigurado en altanero titán! Mas en su bravía venganza nuestro solitario ha olvidado la debilidad de su Ilusión: este manto que lo cubre es rasgado fácilmente por su contrincante. ¡Qué soberbio ha sido el hombre solitario al olvidar que la Ilusión es una frágil pieza que su espíritu alfarero moldeó con no pocos puñados de su dolor, su enemigo! Así pues, quebrada su armadura y destrozado su escudo, es reducido al estado inicial de bípedo lacónico contra el que se rebeló… sin éxito.

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Desde su crisálida sólo le resta procurar el sueño, y mientras en su descanso los fieros ecos de la batalla fenecida resuenan lacerantemente en las cavidades del corazón, su espíritu, aún tibio, cura la heridas con el silencio de sus versos y da paso a nuevas imágenes heréticas que han de restaurar sus fuerzas: un mañana, una mujer, el cielo, el amor… la ficción de sí mismo… la espera de nada.

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Lo que despreocupadamente ha sido bautizado con el nombre de miedo mantiene una singular y, si es permitido afirmarlo, capicúa relación con la Ilusión del hombre solitario. Si acudimos a la genealogía del miedo, hallaremos que éste aparece en el instante preciso en que el hombre nace, lo que es igual a decir, a partir de la creación del mundo.
Es así como el miedo subyace en cada capa de la esfera terrestre, y acaso también en la metafísica de sus componentes, referente al mundo como universalidad tangible e intangible, y en la ontología de lo desconocido. Y al ser el miedo un componente del mundo, la aprehensión que de él hace el hombre, en cualquiera de sus dos escalas, está viciada por un donaire mefistofélico que impide su reconocimiento como una primordialidad despojada de toda investidura. Es frente a este mundo, el miedo al universo y de igual manera a su existencia, que nace la Ilusión, como mecanismo de protección y artilugio para sobrellevar la vida del hombre solitario, como ya ha sido descrita hasta la fatiga párrafos arriba. A su vez, es el mismo mundo el encargado de destruirla, de aprisionarla hasta quebrar sus débiles huesos. Entonces, el mundo es génesis y ocaso de la Ilusión: el hombre, el solitario, sólo observa.

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El hombre solitario filosofa, mas no es filósofo. El ser filosofante se cría en el seno del dolor, nunca en su negación. Pero cumplir este requisito no significa alcanzar el grado de filósofo. ¿Acaso que venturas han de rodearnos para ceñirnos el laurel de la filosofía? Suficiente es decir que filósofo no es el desterrado, ni el parlanchín, ni quien viste de negro o con sotanas, ni quien se eleva en un misticismo alucinógeno, ni quien camina encorvado enseñando sus bizarras costillas, ni aquel o aquella cuyos ojos habitan detrás de un cristal, ni aquel que lame los pies del Señor o limpia la crin de Satanás y su corte, ni quien naufraga en el sudor de las uvas, ni el sátiro ni la ninfómana. Ni el hombre solitario ni el hombre vulgar. El filósofo es, pues, un indefinible sin apariencia.

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La Ilusión no es un privilegio de un solo tipo de hombres. Desarrapada y ambulante, la misma camina en los pasadizos de todos los que respiramos y tenemos una déspota razón. Basta con lucir esa pomposa banda, que no es más que una ignominia deliciosa, en el ala más oculta del corazón, cuyas letras, frías y palpitantes nos recordarán nuestra condición en el espacio. He aquí el único requisito: ser serviles pensadores desde el útero hasta el polvo.

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En la medida en que el hombre allana su razón, nutre la famélica boca de la Ilusión. ¿Quién, desde sus desdeñosas gateadas, no ha contrapuesto a su vista una realidad alterna a la que en más de una ocasión asume como verdadera? El guerrero, ahora niño, no deja nunca su lucha. Y es que en este aspecto no está de más decir que el hombre, sea quien sea, guarda una llama subversiva en su interior. Efectivamente, la rebeldía ha acunado su corazón desde la mal llamada edad de la inocencia. ¿Por qué, acaso, que es la Ilusión sino una manera de rebelarse contra la realidad? Todos soñamos, todos somos entes ilusorios: todos somos inconformes y rebeldes, y construimos un punto paralelo al que aspiramos llegar algún día, sin, hasta entonces, resultado alguno.

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Para aquellos seres noctívagos la Ilusión tiene un carácter redentor en cuanto a la fuente de su existencia: el dolor. Antagónicamente, para quienes dormitan en la suavidad de una vida indolente y rectilínea, la Ilusión no pasa a ser algo más que un sueño anecdótico o una impresión ridícula. “¿Acaso rehusaremos a la felicidad en la que estamos? ¿No veis que sólo son sueños?” gritan cada vez que un soñador, un artista, les muestra a sus ojos la más fidedigna representación de su mundo, o regala fieles versos o notas lánguidas a unos menospreciadores oídos, sin que ellos, los vástagos del Lucero Vespertino, palpen la exquisita fruta del dolor que subyace en la verdad del universo. No obstante, la Ilusión conserva su esencia, sin importar cómo sea vista, pues unos la verán desnuda y en los huesos, y otros, torpes puritanos, la vestirán con la galantería propia de las galerías.

Enero-Febrero 2004

De las horas muertas (escrito en horas muertas). Tomo I

Acerca de las horas inoficiosas es poco lo que tengo que decir. Horas inoficiosas u horas muertas es, a la larga, una sinonimia maleable que permite construir una y mil veces un mismo objeto con diferentes formas. Es lluvia que cae sobre la ciudad mojada o un punto stand-by, quieto, inmóvil, donde el mundo, dada su naturaleza de peonza y su carácter indómito, sigue su caminar...

Horas muertas. Un pretidigitador lo bastante hábil como para provocar la concurrencia de tantas almas que mendigaban una banca, un descanso, un espejo. Y en esas horas muertas he fluctuado; en esas horas muertas he instalado una cabaña y he plantado un árbol. Mi cabeza se ha recostado y luego del sueño he despertado en este espacio cuyo nombre suena a letargo y cuyo centro es el trono de un dios muy tímido.

Y no importa lo que pase. No importa que el ingenuo me diga que soy un soñador, un romántico o un desocupado cuyos vicios son la estela de una vida errante. No importa si una dama me condena con su mirada de estatua y si alguna mujer censura mi vida con sus palabras hieráticas o que un hombre me de empellones o trompadas por mi prédica, que es más que prédica es un soliloquio jovial e histriónico. No importa si escupen mi corazón o lo avientan al fuego de los herejes. ¿Qué más da? Todo lo que procura mi vida se recuesta en el pequeño universo que alimenta la llama donde la conciencia se forja. Sin importar que me tilden de romántico, romanticón, cursi o simplemente digan que me desconectado del mundo. ¡Las horas muertas son horas fantasiosas y tan reales! Son horas activas donde el espíritu no suda. Porque, a la larga, una hora muerta es ser un dios condenado a la finitud y al universo azarozo.

Jai Gurú deva om, o de cómo pasé el ocho de diciembre esperando una canción en la radio.

Diciembre ocho. Día feriado en mi país. Día de consabida resaca luego de una noche de farra, auspiciada por la religión y su costumbre de encender velas para que una virgen, la única virgen según el catolicismo, la madre de dios, tenga el camino iluminado. (Ha de ser maratónica la jornada; recorrer todo un país en una noche y en el tiempo que duren las velas encendidas. Ahora, ¿para qué camina? Y lo mejor, ¿para que iluminarle el camino si el carácter semidéico de la misma permite inferir que no necesita de tales ayudas? ¿Será que vive en las tineblas? ¿Entonces es mentira todo lo que nos han dicho?).

Algo así es la tradición, con la salvedad de que este año no hubo alcohol, ni plata para conseguir al menos un mal vino o una cerveza de barrio. Pero no. Esta fecha fue bastante abstemia y estuvo marcada por algunas películas que robaron mi sueño hasta bien entrada la madrugada. Porque, la verdad sea dicha, soy un noctámbulo ad honorem, un alma de búho encerrada en un saco de órganos, piel y huesos, o el bostezo diurno de una risa nocturna. Es una rutina dormir poco, pero una rutina sui generis que sólo aviva las ansias de placer y me recuerda lo vívidos que pueden ser ciertos delirios flotantes en la oscuridad, así no falte quien predique que la importancia del sueño se mide en magnitudes cronológicas y que, por tanto, censure este acercamiento casi litúrgico que tengo, cada luna, con aquellos demonios que festejan su aquelarre en un mundo de muertos sibaritas...

¡Momento! Me he desviado del tema. Suele pasarme: necesito brújula para mis palabras. En fin, que el ocho de diciembre no fue algo excepcional. Nunca lo es. ¿Es excepcional un día feriado? Por supuesto que no: es un día para sacar ese espíritu de ameba que todos llevamos por dentro y esperar, echado en un sofá, que algún canal se apiade de tanto desocupado y nos arroje una migaja deliciosa de algún programa, así sea un refrito. Naturalmente, no suele pasar. La tarde se va en la cantidad de pulsaciones que hace tu mano en la siempre agotadora jornada del zapping. Máximo cuando estás solo y ni el perro se te acerca. Total, que los feriados son así. Aunque, excepcionalmente, el asunto se invierte. Entonces el día se difumina frente a un computador, unos libros y un estéreo que sintoniza, o pintorezcas emisoras cuyos cambios abruptos matarían del shock a un melómano cardiaco, o paupérrimas estaciones de radio que, pese a haber cumplido casi un lustro de su existencia en el aire, coloca el mismo compacto una y otra vez, haciendo de las canciones unos aullidos latosos y predecibles, como los de las mujeres cuando, en un momento de lucidez, descubren, en medio de ceremoniosos actos de contricción, que el error más grande que pudieron cometer fue el contraer matrimonio (recuerdo una frase muy sabia: "El secreto de un buen matrimonio consiste en perdonarse mutuamente por haberse casado". Autor, no lo sé. No es mía; respeto derechos de autor).

Y esta excepción al feriado recayó en mí. De tal forma que en medio de una jornada (que palabra tan reiterativa) de tinte académico me dediqué a esperar a que en la radio se acordarán de fecha tan importante como es el ocho de diciembre. Pero nadie, ningún locutor, ni siquiera uno de esos de mala muerte, pronunció el apellido Lennon. Entonces en mi mente se comenzaron a tejer una serie de conjeturas que no llegaban a ninguna parte y me dejaron con la duda aún más gorda que al principio. ¿Qué pasó? Cualquier hombre o cualquier mujer de mi generación, de la generación ochenta, pop-rock, alf, volver al futuro, Mac Gyver (o como coños se escriba) y tanto ícono con que crecimos, recuerda, al menos lejanamente, que John Lennon existió. Las generaciones anteriores con mayor razón. Eximo a la generación de los noventa en adelante: su mundo y el nuestro son bastante disímiles. Pero nada ocurrió. ¿Será que les disgustó que el hombre se hubiera creído, junto con The Beatles, más popular que Jesús? ¡Y es que de hecho lo fue! Cualquier artista que haya navegado en los profundos océanos del arte, que haya visto rebelados los secretos, es digno de pasar a la posteridad per secula seculorum. No es necesario ser Jesús; lo que pasa es que él tiene la ayuda divina (¡qué rival tan montador!). Pero si se le despoja de ese halo y lo reducimos a lo que fue, un hombre, cualquiera puede estar a la par o sobrepasarlo.

¿O será que somos tan ingratos que hemos mandado al traste el legado beatle y el legado Lennon? El luchador pacifista, el que se metió en cama durante una semana, sin salir de ella, sólo para protestar (protestar de verdad, no como hacen nuestros jóvenes "comunistas" que cree que una piedra tiene más fuerza que la palabra y la imaginación). Él, el de una hermosa canción de navideña que cuestiona duramente nuestros actos ("Es navidad, ¿y qué has hecho?"). El autor, junto con su esposa (la gangrena de los Beatles), de la frase que invita a soñar y da un aliento al mundo. War is over, if you want it... así fuera un iluso, él hizo más de lo que muchos de nosotros hemos hecho. Al menos no perdió su capacidad de soñar, no como aquellos que pontifican y censuran desde una poltrona. Supongo que él también sufrió de insomnio porque vivió en el mundo de los delirios, de esos delirios que impulsan al artista luego de haberse embriagado con el mundo a sus anchas; esos delirios que un matasanos condenará y acallará con la fórmula "mejor vete a dormir, duerme mucho, porque dormir es bueno". Un hombre, al fin y al cabo, que por soñador murió víctima de su rival en vida: la violencia. Un balazo, un revólver... y aún así, su voz no cesará de cantar a la luna mientras que los monjes de negro predican mundos de falsa cordura (y pensar que casi caigo en esas redes...).

Qué ingratos somos. Pero supongo que a él ya no le importa, que debe estar arriba, con Lucy, en el firmamento de diamantes que alguna vez vio. Arriba, en ese firmamento brillante, que no en el cielo que desterró. Allá, en la imaginación de un mundo mejor que es fácil de imaginar pero que no queremos. Es fácil si lo intentas... lejos de esta ingratitud, de los rótulos de soñador y hippie mariguano. Total, él mismo lo dice: No soy el único.

Así fue este ocho de diciembre. Nada pasó, ni un acorde de Let it be. Entonces sólo quedó la resignación y seguir mirando las ruedas, mientras las ruedas giran y alguien gritan que somos perezosos o locos por hacer lo que hacemos. No seré el único. Mientras tanto recordarlo en la soledad y escuchar sus canciones, que menos mal y gracias a la piratería, guardo en mi pc.

Ya el día se acabó. Es nueve de diciembre. Ahora sólo río, sólo me río de un pueblo estúpido que celebra el aniversario de un pinche cantante vallenato que sólo sabía jartar y no hacer más. Apuesto a que cuándo muera Shakira será día de luto oficial. Pero ya no me importa, ni me importará. Todo puede pasar en un país que se ha consagrado a la sagrada víscera de nuestro señor.

Corolario

Al final del día, ni canción, ni tele ni trabajo terminado. Mucho menos una llamada de la chica que me gusta, que aunque, como diría un argentino, "no me da bola", y ahora mucho menos palabras risueñas como antes (ahora son duros monosílabos espontáneos... ¿seré el culpable?), de todos modos sigo soñándola.

Apuntes previos a la noción de "vulpeología": De por qué las mujeres son zorras naturalmente

Ahora más que nunca la verdad se asoma descaradamente. Ya no se ruboriza ni hace mutis por el foro cuando se siente descubierta. Ya es libre: ya no titubea al dar sus pasos, así estos contribuyan con el engorde argumentativo que durante largo tiempo ha sido el sustento de la superioridad de un sexo sobre otro. Mas nada puede hacerse contra ello: es evidente que una igualdad pura no se da, que la línea horizontal entre los géneros es una ficción, una panacea, que aniquile las diferencias. Es una mentira; anular las diferencias y creer en la homogeneidad es acabar la esencia del mundo mismo, pues éste, a la larga, es un ser movido por contradicciones. Nunca una especie es igual a otra, ni suquiera ontológicamente; nunca una cosa se asemeja a una segunda o a una tercera, inclusive en el terreno humano, donde cada uno es un "yo" entre yoes diversos. Todo es diferencia, y aunque se trate de no sobreestimar, en el terreno de los géneros, las mujeres han de llevar la mejor parte.

Si algo caracteriza a este singular género es la frialdad. Contrario a su antagónico masculino, en la mujer nada hay que no haya pasado por un frío proceso de raciocionio, de discernimientos. Todo es sopesado: en ellas, el impulso es bastante escaso, se da tardíamente o sólo en los momentos de la conquista, donde toma el matiz de disimulado intrumento de control del poder. Si ponemos al hombre y a la mujer frente a frente, el resultado es bastante claro. Mientras el hombre, en los cortejos, busca por lo general la satisfacción primera de su placer, lo que lleva a que se fije enormemente en los rasgos sexuales de la mujer, en ella esta fijación esconde un intención que ha de desarrollarse calmadamente. Ella buscará entre los machos el mejor ejemplar, aquél que le garantice una seguridad a su prole y la continuación de la especie, en una asíntota de la perfección, toda vez que el macho, dormido en los laureles de su fuerza bruta, sólo desfoga aquellos torrentes de líbido, constituyendo parte de su quintaesencia la frase "carpe diem". En últimas, en el hombre el placer es inmediato; en la mujer, es mediato: hay proyección a futuro.

Entonces, nada malo hay en afirmar que el carácter masculino es un carácter estético: hay movimiento, hay sensación, hay predominio del impulso sobre la razón, gracias a la poderosa energía de la testosterona. Por el contrario, y razón tuvieron los antiguos al considerarlas de esta forma, las mujeres presentan un carácter pasivo, pero, a diferencia de la concepción antigua, no es un carácter puramente pasivo; es algo así como una cinemática reposada o un carácter físicamente pasivo, pues en el fondo, las mujeres siempre tejen redes.

En este punto es preciso es observar la materialización de estas diferencias en el terreno más idóneo para toda confrontación: el terreno sexual. En sus primeros conatos, llamados seducción, la mujer tiene la peculiar facultad de dominar a su contrincante,quien es capaz de adoptar apariencias rastreras y de soportar dolorosos flagelos, a cambio de un poco de placer que la mujer, astutamente, bríndale a cuentagotas. En parte, semejante facultad va ligada a otra, de tal manera que la una no es sin la otra, y en este caso se habla estrictamente de su facilidad histriónica. Hábil para los gestos, para las actuaciones, para las miradas tiernas o veleidosas y para los discursos exquisitamente elaborados, la mujer, haciendo uso de estas poderosas armas, en poco tiempo logra doblegar la voluntad del hombre, quien, tarde o temprano, termina por enajenarse en un cuerpo femenino al que, eufemisticamente, lo nombrará como "el corazón de la mujer".

No obstante, estas aptitudes nada serían sin la ayuda de sus dotaciones naturales. Aún se desconoce la razón exacta, pero la inconciente atracción masculina por las formas curvas lo hace proclive al exotismo curvilíneo que presenta la anatomía femenina. ¡Éste es el peor defecto masculino y la mejor arma femenina! En medio de un mare magnum hormonal masculino, siempre las dotaciones sexuales de la mujer servirán de consuelo. Incluso, fisológicamente, la desventaja es impresionante: dos senos y una vágina frente a un ególatra pene que, como buen ególatra, es fácilmente manipulable. Si no fuera así, ¿por qué la mujer no tiene mayor dificultad en conseguir lo que quiere? Un simple contoneo, una sonrisa picarezca, un seno insinuante, cualquier parte de su cuerpo derrite a la débil voluntad masculina. A nivel histórico es notable. Imperios han caído o han sido sagazmente administrados por una mano femenina. Olimpia, esposa de Filipo de Macedonia; Mesalina, Madame Pompadour, Catalina la Grande de Rusia, sin contar las innumerables cortesanas que en las noches, entre jadeos, sonsacaron secretos de estados a los "fuertes" jefes o secretarios. No en vano puede decirse que conocen la verdadera política: la que se hace en el lecho.

El hombre seguirá sus instintos. Siempre se aferrará a la prevalencia de la fuerza bruta, mientras que la mujer, cuya astucia es bastante amplia, optará por vias más maleables, más racionalmente construidas. A esto se le conoce como el arte de la intriga; antes de darse golpes con el mundo, escogen regar su veneno con las palabras, con relatos fantasiosos, a veces ciertos, que causen mayores escozores que un moretón en un ojo. La intriga, la cizaña, en éstas las mujeres hacen gala de su superioridad, científicamente comprobada, discursiva y psicológica, puesto que,no hay que negarlo, su pericia en la interpretación de actitudes las convierte en seres observadores que, escondidos entre los matorrales, esperan el momento para dar un fuerte zarpazo. Tales matorrales son aquel ostracismo que la cultura falocéntrica impuso a las féminas, quienes, en su clandestinidad, pudieron encontrar un sitio idóneo para la vida contemplativa. Lástimosamente, algunas de ellas han caído en la dinámica machista, subsumiéndose y negando su carácter natural. No todo podía ser perfecto....

Tales facultades naturales se asemejan a las de un animal: la zorra. Astuta, sigilosa, observadora, la zorra es un cuadrúpedo formidable que obtiene lo que quiere. No en vano las fábulas han hecho con ellas una alegoría de la inteligencia, no de la fuerza. Y no en vano no es exagerado llegar a la conclusión de que las mujeres son zorras per natura. En toda mujer subyace una zorra, que explota habilmente su naturaleza para hacerse con el poder y satisfacer su voluntad, mediado todo por la paciencia y la inteligencia. Y si bien el término denota cierto toque peyorativo, no creo que lo haya. Que un hombre diga de una mujer que es zorra, es realzarla. Incluso el adjetivo, si quiere ser denigrante, termina por devolverse contra quien busca humillarla. Contrario a otros, como "perra" o "puta", que en sí son despreciativos, "zorra" es aceptar ese carácter manipulador, ese carácter frío que la ha llevado a valerse de diversos medios para conseguir su fin propuesto. Inclusive, el término zorra es una categoría universal para las mujeres: "perro" califica también a hombres, asimismo "puto". Pero "zorra" será de uso exclusivo para las mujeres, pues, el único zorro que se ha conocido es aquél que luchó en baja California y que resultó ser tan irreal, mientras que las zorras pululan.

Así surge esta nueva forma de visión al género femenino. Del latín "vulpes-vulpis", zorra, la vulpeología ha nacido para estudiar el comportamiento de aquellas, cuyo carácter, como se ha dicho, es fascinante y logra constituirse en un buen objeto de estudio.

Finalmente, como advertencia para cualquier incauto, cuando se quiera humillar a una mujer, es preferible acudir a otra palabra que no sea "zorra" (hasta en el manejo lingüístico llevan ventaja). Hay que pensarlo dos veces...