Sólo en las noches el hombre se enrosca sobre sí mismo y siente miedo. No es coincidencia, ni mucho menos sorprendente, que su alma tiemble al escuchar las doce campanadas que señalan la adultez de la luna. Tiembla, y naturalmente siente miedo, porque así, enroscado, sólo atina a ver en el horizonte su cara. Mas he aquí lo que nos diferencia a unos hombres de otros: he aquí la muralla que yergue entre el hombre vulgar y el hombre solitario. Mientras los primeros desempolvan el cadáver de la Providencia, acaso para esconderse en sus entrañas, acaso para no perder la placidez de su sueño, el hombre solitario se entrega desnudo a su naturaleza: en silentes loas permitirá que la fusión con el dolor le abrase cada célula de su ser, y ya, cuando no quede más para su inmolación en el sufrimiento, revertirá su sangre purificada en la más enigmática manifestación de su probidad: la Ilusión.
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Convertido en una indómita hojarasca, el hombre solitario traspone a este embrujo nocturno su Ilusión, producto de su mirada reflexiva a partir de su desnudez y de sus desérticos pasos. ¿Qué, sino ella, salvará su humanidad?
Aferrado a ella ve cómo la noche y su silencio le rodean, hasta aprisionarlo en su desespero. ¡Ah, cómo le gustaría saciar su olvido con las aguas del Leteo! Impotente, recurre a su anaquel de ilusiones anquilosadas con los años: el arte, dios, el hombre… todo cuanto ha creado es llana Ilusión, incluso la muerte. Y no es para menos: mientras está vivo sueña con la muerte, y cuando sucumbe en sus redes, no hay lugar a describir la nada. Y así como la muerte es ilusoria, la vida no lo es en menor escala – porque ella, en cuanto su universo, es el génesis de esas imágenes -, quedando subrogada a la penumbra del dolor, de la noche misma. Entonces el hombre solitario la mira y no puede ocultar su tristeza. ¡Cómo quisiera una vida de anodinia! Pero él es ilusión y realidad – su convergencia - : es hombre.
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La Ilusión contrapuesta al némesis ab ovo es la coraza y la cuadriga con la que cuenta el hombre solitario. Raudo y lozano cortesano, procaz guerrero, lanza en ristre, dirige sus huestes a una intempestiva lid. ¡Cuánta fuerza no contiene un corazón trasfigurado en altanero titán! Mas en su bravía venganza nuestro solitario ha olvidado la debilidad de su Ilusión: este manto que lo cubre es rasgado fácilmente por su contrincante. ¡Qué soberbio ha sido el hombre solitario al olvidar que la Ilusión es una frágil pieza que su espíritu alfarero moldeó con no pocos puñados de su dolor, su enemigo! Así pues, quebrada su armadura y destrozado su escudo, es reducido al estado inicial de bípedo lacónico contra el que se rebeló… sin éxito.
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Desde su crisálida sólo le resta procurar el sueño, y mientras en su descanso los fieros ecos de la batalla fenecida resuenan lacerantemente en las cavidades del corazón, su espíritu, aún tibio, cura la heridas con el silencio de sus versos y da paso a nuevas imágenes heréticas que han de restaurar sus fuerzas: un mañana, una mujer, el cielo, el amor… la ficción de sí mismo… la espera de nada.
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Lo que despreocupadamente ha sido bautizado con el nombre de miedo mantiene una singular y, si es permitido afirmarlo, capicúa relación con la Ilusión del hombre solitario. Si acudimos a la genealogía del miedo, hallaremos que éste aparece en el instante preciso en que el hombre nace, lo que es igual a decir, a partir de la creación del mundo.
Es así como el miedo subyace en cada capa de la esfera terrestre, y acaso también en la metafísica de sus componentes, referente al mundo como universalidad tangible e intangible, y en la ontología de lo desconocido. Y al ser el miedo un componente del mundo, la aprehensión que de él hace el hombre, en cualquiera de sus dos escalas, está viciada por un donaire mefistofélico que impide su reconocimiento como una primordialidad despojada de toda investidura. Es frente a este mundo, el miedo al universo y de igual manera a su existencia, que nace la Ilusión, como mecanismo de protección y artilugio para sobrellevar la vida del hombre solitario, como ya ha sido descrita hasta la fatiga párrafos arriba. A su vez, es el mismo mundo el encargado de destruirla, de aprisionarla hasta quebrar sus débiles huesos. Entonces, el mundo es génesis y ocaso de la Ilusión: el hombre, el solitario, sólo observa.
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El hombre solitario filosofa, mas no es filósofo. El ser filosofante se cría en el seno del dolor, nunca en su negación. Pero cumplir este requisito no significa alcanzar el grado de filósofo. ¿Acaso que venturas han de rodearnos para ceñirnos el laurel de la filosofía? Suficiente es decir que filósofo no es el desterrado, ni el parlanchín, ni quien viste de negro o con sotanas, ni quien se eleva en un misticismo alucinógeno, ni quien camina encorvado enseñando sus bizarras costillas, ni aquel o aquella cuyos ojos habitan detrás de un cristal, ni aquel que lame los pies del Señor o limpia la crin de Satanás y su corte, ni quien naufraga en el sudor de las uvas, ni el sátiro ni la ninfómana. Ni el hombre solitario ni el hombre vulgar. El filósofo es, pues, un indefinible sin apariencia.
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La Ilusión no es un privilegio de un solo tipo de hombres. Desarrapada y ambulante, la misma camina en los pasadizos de todos los que respiramos y tenemos una déspota razón. Basta con lucir esa pomposa banda, que no es más que una ignominia deliciosa, en el ala más oculta del corazón, cuyas letras, frías y palpitantes nos recordarán nuestra condición en el espacio. He aquí el único requisito: ser serviles pensadores desde el útero hasta el polvo.
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En la medida en que el hombre allana su razón, nutre la famélica boca de la Ilusión. ¿Quién, desde sus desdeñosas gateadas, no ha contrapuesto a su vista una realidad alterna a la que en más de una ocasión asume como verdadera? El guerrero, ahora niño, no deja nunca su lucha. Y es que en este aspecto no está de más decir que el hombre, sea quien sea, guarda una llama subversiva en su interior. Efectivamente, la rebeldía ha acunado su corazón desde la mal llamada edad de la inocencia. ¿Por qué, acaso, que es la Ilusión sino una manera de rebelarse contra la realidad? Todos soñamos, todos somos entes ilusorios: todos somos inconformes y rebeldes, y construimos un punto paralelo al que aspiramos llegar algún día, sin, hasta entonces, resultado alguno.
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Para aquellos seres noctívagos la Ilusión tiene un carácter redentor en cuanto a la fuente de su existencia: el dolor. Antagónicamente, para quienes dormitan en la suavidad de una vida indolente y rectilínea, la Ilusión no pasa a ser algo más que un sueño anecdótico o una impresión ridícula. “¿Acaso rehusaremos a la felicidad en la que estamos? ¿No veis que sólo son sueños?” gritan cada vez que un soñador, un artista, les muestra a sus ojos la más fidedigna representación de su mundo, o regala fieles versos o notas lánguidas a unos menospreciadores oídos, sin que ellos, los vástagos del Lucero Vespertino, palpen la exquisita fruta del dolor que subyace en la verdad del universo. No obstante, la Ilusión conserva su esencia, sin importar cómo sea vista, pues unos la verán desnuda y en los huesos, y otros, torpes puritanos, la vestirán con la galantería propia de las galerías.
Enero-Febrero 2004