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La Coctelera

horasmuertas

22 Diciembre 2005

Apuntes previos a la noción de "vulpeología": De por qué las mujeres son zorras naturalmente

Ahora más que nunca la verdad se asoma descaradamente. Ya no se ruboriza ni hace mutis por el foro cuando se siente descubierta. Ya es libre: ya no titubea al dar sus pasos, así estos contribuyan con el engorde argumentativo que durante largo tiempo ha sido el sustento de la superioridad de un sexo sobre otro. Mas nada puede hacerse contra ello: es evidente que una igualdad pura no se da, que la línea horizontal entre los géneros es una ficción, una panacea, que aniquile las diferencias. Es una mentira; anular las diferencias y creer en la homogeneidad es acabar la esencia del mundo mismo, pues éste, a la larga, es un ser movido por contradicciones. Nunca una especie es igual a otra, ni suquiera ontológicamente; nunca una cosa se asemeja a una segunda o a una tercera, inclusive en el terreno humano, donde cada uno es un "yo" entre yoes diversos. Todo es diferencia, y aunque se trate de no sobreestimar, en el terreno de los géneros, las mujeres han de llevar la mejor parte.

Si algo caracteriza a este singular género es la frialdad. Contrario a su antagónico masculino, en la mujer nada hay que no haya pasado por un frío proceso de raciocionio, de discernimientos. Todo es sopesado: en ellas, el impulso es bastante escaso, se da tardíamente o sólo en los momentos de la conquista, donde toma el matiz de disimulado intrumento de control del poder. Si ponemos al hombre y a la mujer frente a frente, el resultado es bastante claro. Mientras el hombre, en los cortejos, busca por lo general la satisfacción primera de su placer, lo que lleva a que se fije enormemente en los rasgos sexuales de la mujer, en ella esta fijación esconde un intención que ha de desarrollarse calmadamente. Ella buscará entre los machos el mejor ejemplar, aquél que le garantice una seguridad a su prole y la continuación de la especie, en una asíntota de la perfección, toda vez que el macho, dormido en los laureles de su fuerza bruta, sólo desfoga aquellos torrentes de líbido, constituyendo parte de su quintaesencia la frase "carpe diem". En últimas, en el hombre el placer es inmediato; en la mujer, es mediato: hay proyección a futuro.

Entonces, nada malo hay en afirmar que el carácter masculino es un carácter estético: hay movimiento, hay sensación, hay predominio del impulso sobre la razón, gracias a la poderosa energía de la testosterona. Por el contrario, y razón tuvieron los antiguos al considerarlas de esta forma, las mujeres presentan un carácter pasivo, pero, a diferencia de la concepción antigua, no es un carácter puramente pasivo; es algo así como una cinemática reposada o un carácter físicamente pasivo, pues en el fondo, las mujeres siempre tejen redes.

En este punto es preciso es observar la materialización de estas diferencias en el terreno más idóneo para toda confrontación: el terreno sexual. En sus primeros conatos, llamados seducción, la mujer tiene la peculiar facultad de dominar a su contrincante,quien es capaz de adoptar apariencias rastreras y de soportar dolorosos flagelos, a cambio de un poco de placer que la mujer, astutamente, bríndale a cuentagotas. En parte, semejante facultad va ligada a otra, de tal manera que la una no es sin la otra, y en este caso se habla estrictamente de su facilidad histriónica. Hábil para los gestos, para las actuaciones, para las miradas tiernas o veleidosas y para los discursos exquisitamente elaborados, la mujer, haciendo uso de estas poderosas armas, en poco tiempo logra doblegar la voluntad del hombre, quien, tarde o temprano, termina por enajenarse en un cuerpo femenino al que, eufemisticamente, lo nombrará como "el corazón de la mujer".

No obstante, estas aptitudes nada serían sin la ayuda de sus dotaciones naturales. Aún se desconoce la razón exacta, pero la inconciente atracción masculina por las formas curvas lo hace proclive al exotismo curvilíneo que presenta la anatomía femenina. ¡Éste es el peor defecto masculino y la mejor arma femenina! En medio de un mare magnum hormonal masculino, siempre las dotaciones sexuales de la mujer servirán de consuelo. Incluso, fisológicamente, la desventaja es impresionante: dos senos y una vágina frente a un ególatra pene que, como buen ególatra, es fácilmente manipulable. Si no fuera así, ¿por qué la mujer no tiene mayor dificultad en conseguir lo que quiere? Un simple contoneo, una sonrisa picarezca, un seno insinuante, cualquier parte de su cuerpo derrite a la débil voluntad masculina. A nivel histórico es notable. Imperios han caído o han sido sagazmente administrados por una mano femenina. Olimpia, esposa de Filipo de Macedonia; Mesalina, Madame Pompadour, Catalina la Grande de Rusia, sin contar las innumerables cortesanas que en las noches, entre jadeos, sonsacaron secretos de estados a los "fuertes" jefes o secretarios. No en vano puede decirse que conocen la verdadera política: la que se hace en el lecho.

El hombre seguirá sus instintos. Siempre se aferrará a la prevalencia de la fuerza bruta, mientras que la mujer, cuya astucia es bastante amplia, optará por vias más maleables, más racionalmente construidas. A esto se le conoce como el arte de la intriga; antes de darse golpes con el mundo, escogen regar su veneno con las palabras, con relatos fantasiosos, a veces ciertos, que causen mayores escozores que un moretón en un ojo. La intriga, la cizaña, en éstas las mujeres hacen gala de su superioridad, científicamente comprobada, discursiva y psicológica, puesto que,no hay que negarlo, su pericia en la interpretación de actitudes las convierte en seres observadores que, escondidos entre los matorrales, esperan el momento para dar un fuerte zarpazo. Tales matorrales son aquel ostracismo que la cultura falocéntrica impuso a las féminas, quienes, en su clandestinidad, pudieron encontrar un sitio idóneo para la vida contemplativa. Lástimosamente, algunas de ellas han caído en la dinámica machista, subsumiéndose y negando su carácter natural. No todo podía ser perfecto....

Tales facultades naturales se asemejan a las de un animal: la zorra. Astuta, sigilosa, observadora, la zorra es un cuadrúpedo formidable que obtiene lo que quiere. No en vano las fábulas han hecho con ellas una alegoría de la inteligencia, no de la fuerza. Y no en vano no es exagerado llegar a la conclusión de que las mujeres son zorras per natura. En toda mujer subyace una zorra, que explota habilmente su naturaleza para hacerse con el poder y satisfacer su voluntad, mediado todo por la paciencia y la inteligencia. Y si bien el término denota cierto toque peyorativo, no creo que lo haya. Que un hombre diga de una mujer que es zorra, es realzarla. Incluso el adjetivo, si quiere ser denigrante, termina por devolverse contra quien busca humillarla. Contrario a otros, como "perra" o "puta", que en sí son despreciativos, "zorra" es aceptar ese carácter manipulador, ese carácter frío que la ha llevado a valerse de diversos medios para conseguir su fin propuesto. Inclusive, el término zorra es una categoría universal para las mujeres: "perro" califica también a hombres, asimismo "puto". Pero "zorra" será de uso exclusivo para las mujeres, pues, el único zorro que se ha conocido es aquél que luchó en baja California y que resultó ser tan irreal, mientras que las zorras pululan.

Así surge esta nueva forma de visión al género femenino. Del latín "vulpes-vulpis", zorra, la vulpeología ha nacido para estudiar el comportamiento de aquellas, cuyo carácter, como se ha dicho, es fascinante y logra constituirse en un buen objeto de estudio.

Finalmente, como advertencia para cualquier incauto, cuando se quiera humillar a una mujer, es preferible acudir a otra palabra que no sea "zorra" (hasta en el manejo lingüístico llevan ventaja). Hay que pensarlo dos veces...

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fred

fred dijo

MAGNIFICO

21 Octubre 2009 | 03:29 AM

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