Diciembre ocho. Día feriado en mi país. Día de consabida resaca luego de una noche de farra, auspiciada por la religión y su costumbre de encender velas para que una virgen, la única virgen según el catolicismo, la madre de dios, tenga el camino iluminado. (Ha de ser maratónica la jornada; recorrer todo un país en una noche y en el tiempo que duren las velas encendidas. Ahora, ¿para qué camina? Y lo mejor, ¿para que iluminarle el camino si el carácter semidéico de la misma permite inferir que no necesita de tales ayudas? ¿Será que vive en las tineblas? ¿Entonces es mentira todo lo que nos han dicho?).

Algo así es la tradición, con la salvedad de que este año no hubo alcohol, ni plata para conseguir al menos un mal vino o una cerveza de barrio. Pero no. Esta fecha fue bastante abstemia y estuvo marcada por algunas películas que robaron mi sueño hasta bien entrada la madrugada. Porque, la verdad sea dicha, soy un noctámbulo ad honorem, un alma de búho encerrada en un saco de órganos, piel y huesos, o el bostezo diurno de una risa nocturna. Es una rutina dormir poco, pero una rutina sui generis que sólo aviva las ansias de placer y me recuerda lo vívidos que pueden ser ciertos delirios flotantes en la oscuridad, así no falte quien predique que la importancia del sueño se mide en magnitudes cronológicas y que, por tanto, censure este acercamiento casi litúrgico que tengo, cada luna, con aquellos demonios que festejan su aquelarre en un mundo de muertos sibaritas...

¡Momento! Me he desviado del tema. Suele pasarme: necesito brújula para mis palabras. En fin, que el ocho de diciembre no fue algo excepcional. Nunca lo es. ¿Es excepcional un día feriado? Por supuesto que no: es un día para sacar ese espíritu de ameba que todos llevamos por dentro y esperar, echado en un sofá, que algún canal se apiade de tanto desocupado y nos arroje una migaja deliciosa de algún programa, así sea un refrito. Naturalmente, no suele pasar. La tarde se va en la cantidad de pulsaciones que hace tu mano en la siempre agotadora jornada del zapping. Máximo cuando estás solo y ni el perro se te acerca. Total, que los feriados son así. Aunque, excepcionalmente, el asunto se invierte. Entonces el día se difumina frente a un computador, unos libros y un estéreo que sintoniza, o pintorezcas emisoras cuyos cambios abruptos matarían del shock a un melómano cardiaco, o paupérrimas estaciones de radio que, pese a haber cumplido casi un lustro de su existencia en el aire, coloca el mismo compacto una y otra vez, haciendo de las canciones unos aullidos latosos y predecibles, como los de las mujeres cuando, en un momento de lucidez, descubren, en medio de ceremoniosos actos de contricción, que el error más grande que pudieron cometer fue el contraer matrimonio (recuerdo una frase muy sabia: "El secreto de un buen matrimonio consiste en perdonarse mutuamente por haberse casado". Autor, no lo sé. No es mía; respeto derechos de autor).

Y esta excepción al feriado recayó en mí. De tal forma que en medio de una jornada (que palabra tan reiterativa) de tinte académico me dediqué a esperar a que en la radio se acordarán de fecha tan importante como es el ocho de diciembre. Pero nadie, ningún locutor, ni siquiera uno de esos de mala muerte, pronunció el apellido Lennon. Entonces en mi mente se comenzaron a tejer una serie de conjeturas que no llegaban a ninguna parte y me dejaron con la duda aún más gorda que al principio. ¿Qué pasó? Cualquier hombre o cualquier mujer de mi generación, de la generación ochenta, pop-rock, alf, volver al futuro, Mac Gyver (o como coños se escriba) y tanto ícono con que crecimos, recuerda, al menos lejanamente, que John Lennon existió. Las generaciones anteriores con mayor razón. Eximo a la generación de los noventa en adelante: su mundo y el nuestro son bastante disímiles. Pero nada ocurrió. ¿Será que les disgustó que el hombre se hubiera creído, junto con The Beatles, más popular que Jesús? ¡Y es que de hecho lo fue! Cualquier artista que haya navegado en los profundos océanos del arte, que haya visto rebelados los secretos, es digno de pasar a la posteridad per secula seculorum. No es necesario ser Jesús; lo que pasa es que él tiene la ayuda divina (¡qué rival tan montador!). Pero si se le despoja de ese halo y lo reducimos a lo que fue, un hombre, cualquiera puede estar a la par o sobrepasarlo.

¿O será que somos tan ingratos que hemos mandado al traste el legado beatle y el legado Lennon? El luchador pacifista, el que se metió en cama durante una semana, sin salir de ella, sólo para protestar (protestar de verdad, no como hacen nuestros jóvenes "comunistas" que cree que una piedra tiene más fuerza que la palabra y la imaginación). Él, el de una hermosa canción de navideña que cuestiona duramente nuestros actos ("Es navidad, ¿y qué has hecho?"). El autor, junto con su esposa (la gangrena de los Beatles), de la frase que invita a soñar y da un aliento al mundo. War is over, if you want it... así fuera un iluso, él hizo más de lo que muchos de nosotros hemos hecho. Al menos no perdió su capacidad de soñar, no como aquellos que pontifican y censuran desde una poltrona. Supongo que él también sufrió de insomnio porque vivió en el mundo de los delirios, de esos delirios que impulsan al artista luego de haberse embriagado con el mundo a sus anchas; esos delirios que un matasanos condenará y acallará con la fórmula "mejor vete a dormir, duerme mucho, porque dormir es bueno". Un hombre, al fin y al cabo, que por soñador murió víctima de su rival en vida: la violencia. Un balazo, un revólver... y aún así, su voz no cesará de cantar a la luna mientras que los monjes de negro predican mundos de falsa cordura (y pensar que casi caigo en esas redes...).

Qué ingratos somos. Pero supongo que a él ya no le importa, que debe estar arriba, con Lucy, en el firmamento de diamantes que alguna vez vio. Arriba, en ese firmamento brillante, que no en el cielo que desterró. Allá, en la imaginación de un mundo mejor que es fácil de imaginar pero que no queremos. Es fácil si lo intentas... lejos de esta ingratitud, de los rótulos de soñador y hippie mariguano. Total, él mismo lo dice: No soy el único.

Así fue este ocho de diciembre. Nada pasó, ni un acorde de Let it be. Entonces sólo quedó la resignación y seguir mirando las ruedas, mientras las ruedas giran y alguien gritan que somos perezosos o locos por hacer lo que hacemos. No seré el único. Mientras tanto recordarlo en la soledad y escuchar sus canciones, que menos mal y gracias a la piratería, guardo en mi pc.

Ya el día se acabó. Es nueve de diciembre. Ahora sólo río, sólo me río de un pueblo estúpido que celebra el aniversario de un pinche cantante vallenato que sólo sabía jartar y no hacer más. Apuesto a que cuándo muera Shakira será día de luto oficial. Pero ya no me importa, ni me importará. Todo puede pasar en un país que se ha consagrado a la sagrada víscera de nuestro señor.

Corolario

Al final del día, ni canción, ni tele ni trabajo terminado. Mucho menos una llamada de la chica que me gusta, que aunque, como diría un argentino, "no me da bola", y ahora mucho menos palabras risueñas como antes (ahora son duros monosílabos espontáneos... ¿seré el culpable?), de todos modos sigo soñándola.